sexta-feira, 8 de novembro de 2013

Semblanza para un Maestro Inmortal: Martín Dihigo


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Su mirada iba más allá del horizonte, y en ella se dibujaba un rostro de nobleza, hidalguía y, sobre todo, el apego al terruño que lo vio nacer. Montones de arrobas beisboleras arrullaban su cuerpo y él, cual simple mortal, recorría las calles de New York, Matanzas o la capital, con la efigie natural de pelotero bueno que lo acompañó desde los años mozos, hasta la ternura de nietos e hijos en las piernas.
 
Su vida no se circunscribió al diamante, también disertó en tertulias culturales. El rostro de este hombre aparece en peñas musicales como la del trovador Sirique, hijo de Valentín González, un pelotero de alto nivel en el siglo XIX, de quien había heredado el apodo. A nadie negó un consejo, ni anécdotas de tiempos de glorias, que enriquecerían el acervo cultural de la pelota cubana, y más allá.
 
Lector voraz de temas disímiles, prefirió hurgar en la historia de su país, quizás para enraizar la autoctonía y mantener la dignidad nacional en cualquier plaza. Martí y Maceo fueron el centro de su atención. De ellos bebió una savia vivificadora de energía, patriotismo y entereza. Algunas peñas llevaron su nombre en pleno apogeo, como aquella de Reina y Belascoaín. A ellas acudió y logró enriquecerlas con el don de la palabra y el respaldo de los hechos.
 
A nadie quedó mejor el uniforme, ora del Habana, el Cienfuegos, Marianao o Almendares y el fortísimo Leopardos de Santa Clara; los Cuban Stars y el New York Cubans de las Ligas Negras, o el Hilldale Daisies; en equipos mexicanos como el Águila de Veracruz, y tantos otros. Los vestía cual frac de lujo y supo hacerlos respetar en aquellos seis pies con tres pulgadas de estatura (infrecuentes entonces) y unas 190 libras de peso.
 
Fue lanzador, receptor, jugador de todo el cuadro, jardinero, manager, y profesional de la palabra beisbolera; imposible abarcar más. Hay versiones del lugar de nacimiento. Aceptamos la de Alfredo L. Santana, quien afirma que había nacido el 25 de mayo de 1906, en el ingenio Jesús María (Cidra), actual municipio de Limonar, provincia de Matanzas. Sus padres se nombraban Benito Dihigo, sargento del Ejército Libertador en la Guerra de Independencia y Margarita Llanos.[1]
 
Para muchos especialistas, está considerado el jugador más completo (all around) que ha pisado un terreno de béisbol. A la ofensiva se echó a sus espaldas las míticas cinco herramientas: inteligencia y decisión, bateo, fildeo, rapidez, excelente brazo, poder… Y sobre la lomita, estuvo entre los mejores. El destacado jugador Buck Leonard, afirmó: “Él fue el mejor de todos los tiempos, blanco o negro. Ustedes escojan a Ruth, Cobb y DiMaggio, que yo me quedo con Dihigo…”[2]
 
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