terça-feira, 2 de outubro de 2012

Poder mediático, deshumanización y periodismo (II y final)


Por Isabel Soto Mayedo*

La Habana (PL) En este amanecer de siglo, en el cual el pensamiento personal y el social surgen y dependen cada vez más del funcionamiento de los medios, múltiples mensajes transmitidos por estos violan los derechos humanos.

Aunque las alternativas mediáticas afloran, en los últimos decenios los reproductores de la lógica neoliberal afianzaron posiciones en todo el orbe y naturalizaron un orden social que legitima la validez del mercado en detrimento de los seres humanos.

Mecanismos sutiles mal disfrazan la matriz patriarcal de la mirada única extendida: adultos poseedores de razón y jóvenes descarriados, mujer sujeto de goce para el macho, masculinidad sinónimo de fuerza y virilidad, jamás de delicadeza; pobres igual a marginalidad y violencia, en finâ��

La satanización de las protestas populares, de líderes políticos y otros; la deformación de hechos noticiosos, y la manipulación de la jerarquía en la escala informativa, distinguen a este modo de concebir la comunicación.

Para sus artífices, son meras trivialidades las masacres étnicas, el deceso diario de miles de personas por hambre o enfermedades curables, o el ametrallamiento de poblaciones enteras bajo cuestionables ideales democráticos.

La crisis del modelo occidental de desarrollo impuesto y sus detonantes -la climática, energética, hídrica, medioambiental, económica y otras- poco importan a estos pulpos de la comunicación y cuando son abordadas, la superficialidad reina.

Tal estado de hecho mantiene vivo el debate entre derechos humanos y comunicación, el cual alude a una relación cultural, porque ronda en lo esencial la polémica entre inclusión y exclusión.

El surgimiento de nuevas televisoras, radiodifusoras, productoras de cine, proyectos editoriales y otros; así como la elaboración de nuevas leyes sobre políticas de comunicación apenas son pasos hacia la solución de esta problemática.

Es válido el derecho a la comunicación, pero esta debe estar dotada de contenido y es allí donde las cosas se complican, por la ligazón del tema a la disputa entre los diferentes proyectos sociales que pretenden conquistar hegemonía.

La solución de este diferendo, signado por un colosal componente político e ideológico, definirá quienes quedarán incluidos y quienes perderán espacio en medio de la inconformidad reinante con el desempeño de los medios, considera la investigadora peruana Rossana Reguillo.

Esta insatisfacción responde en buena medida al modo en que la mayoría de ellos avivan la sensación de que cuanto ocurre responde a un orden natural inalterable y que, por mucho que hagamos, el deterioro social seguirá cuesta abajo.

Los medios son las bombas que explotan y matan al enemigo político, pero también a los inocentes, mediante la manipulación de la información a través del silencio, la censura, y la propaganda, tendientes a crear dudas, temores, y zozobras.

Las enseñanzas de cómo se prepara desde estos el terreno para justificar una guerra fueron constantes en este siglo y revelaron el incalculable potencial de la información para arrastrar a un conflicto.

En igual medida, demostraron la capacidad de la prensa y agentes publicitarios para usar la verdad, en menoscabo de sí y a riesgo de la credibilidad, tan reverenciada en el discurso.

El totalitarismo de los medios condiciona a veces la actuación de los gobernantes y los negados a seguir esta corriente, terminan descuartizados o cuando menos tambaleantes ante la opinión popular, tras recias campañas que ponen en entredicho sus consideraciones y trayectorias como personas.

En el desenfreno noticioso de cada día, que lejos de informar desinforma por exceso, la tendencia es a invisibilizar o criminalizar de igual modo a los movimientos sociales populares y a los líderes de sus luchas.

La progresiva concentración de los medios, a partir de la absorción de los más débiles -como en la Bella Époque de fines del XIX- y su proclividad a transformar noticias en mercancías, expresan el importante espacio alcanzado por la comunicación en el ámbito económico.

De esta forma, se acrecienta la alienación del carácter social que debe adoptar la actividad informativa, con lo cual se resquebraja aún más la diversidad e independencia de las fuentes de información.

La coincidencia de intereses entre los más poderosos también estableció una suerte de consenso mediático, cimiento de lo que motivara al ensayista y poeta uruguayo Eduardo Galeano, a distinguir esta etapa como la de la "macdonalización del pensamiento".

La uniformidad en los modos de decir y de fomentar opiniones distingue a la potente maquinaria propagandística que en esta era mediática procura apagar los vestigios de las culturas locales y amenaza la superviviencia hasta de numerosos idiomas ancestrales.

-RAZONES PARA LA ESPERANZA

El apego a las reglas del espectáculo está en el sustrato del arraigo obtenido por los pulpos mediáticos en esta batalla de símbolos, cuyos creadores e instigadores tal vez nunca previeron reacciones tan adversas a las constatadas por la red de redes en el último decenio.

En ese sentido destacaron las blogoguerras o insurrecciones mediáticas contra el proyecto estadounidense de crear un Área de Libre Comercio en las Américas, los tratados bilaterales llamados eufemísticamente de libre comercio y el golpe de Estado en Honduras (2009).

La acción resuelta de movimientos sociales e individuos aislados contra el poder de los medios en este siglo creció en el entorno de la globalización neoliberal, en la misma medida en que la comunicación devino un renglón de punta de la economía a escala internacional.

Esto último, emparentado con los intereses de las transnacionales y de otros grupos de notable fuerza, indujo a muchos a cuestionarse si el antes identificado como "cuarto poder" superó las débiles barreras que lo separaban de los primeros escaños.

Los medios funcionan como el principal partido articulador de las clases dominantes y, cuando ceden una brecha a voces críticas o sectores subalternos, los tergiversan de manera sistemática.

Cuestiones como estas, denunciadas en varios foros internacionales, impulsaron la creación de fuentes de información alternativas orientadas a rescatar la heterogeneidad cultural, lingüística y mediática.

En América Latina, en particular, batieron palmas la creación del canal multinacional Telesur (con sede en Caracas y corresponsalías en buena parte del mundo) y el surgimiento del Sistema de Radiodifusoras Culturales Indigenistas, en la región PÂ�urhepecha de Michoacán, México.

Propuestas como estas, inclusivas e interactivas por esencia, estimulan la participación ciudadana en los debates actuales, el aprecio a las peculiaridades de las culturales locales y la aceptación de las diferencias a partir del reconocimiento a la diversidad social.

De eso se trata la otra comunicación, como la denominan algunos entendidos, que crece al calor de la resistencia al modelo impuesto por el capital en sintonía con los dictados de sus organismos financieros.

Fuente: Prensa Latina

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